domingo, 1 de mayo de 2011

CAPITULO IV


EN EL PLUMERILLO



La ferviente actividad era evidente. Nadie estaba sin hacer nada o por lo menos simulaba no estarlo. Al contrario, de muchos cuarteles patriotas de la época, El Plumerillo era un campamento militar donde se trabaja, se instruía y se preparaba una fuerza para pelear. Eso todos lo sabían. No había tiempo para perder, se los había explicado y explicado hasta el cansancio el coronel venido de España. Pero que se veía que sentía la causa americana hasta los tuétanos. Al contrario de otros militares revolucionarios, todo en el transmitía simpleza y fuerza. Su uniforme, aun con sus toques personales, distaba de los grandes entorchados que eran el gusto de esos figurones. Sus modales y sus gustos, también, lo diferenciaban. Para empezar no tenía personal dedicado al cuidado de su persona. En cambio, si tenía tres ayudantes militares, a los que volvía literalmente locos con una catarata de órdenes que empezaban al alba y que muchas veces superaban la puesta del sol. El Plumerillo funcionaba, tanto como campo de instrucción militar; como cuartel general del naciente Ejército de los Andes. Al efecto de servir a la primera de estas finalidades, contaba con una amplia plaza de armas, donde se practicaban los movimientos de orden cerrado. Y con un espaldón que servía como polígono de tiro. Para la segunda, disponía de un grupo de humilde edificaciones de barro y techo de paja. Las que servían de alojamiento a las distintas dependencias del estado mayor y la maestranza.
Entró al campamento y se dirigió directamente a la casona que servía de mayoría y de residencia para el comandante. Se apeó, ató su caballo a uno de los palenques e ingresó a la primera de las habitaciones que servía de ayudantía. Sabía bien, Juan Estay, que lo primero que tenía que hacer era entregar su informe, “en caliente” como le recomendara su jefe directo el Sargento Mayor Álvarez Condarco.  Sería el propio San Martín acompañado por miembros de su estado mayor quien lo recibiría. El ayudante, luego de anunciarlo lo hizo pasar a una gran habitación que servía de sala de situación y de dormitorio del coronel. En ella a la par de mapas y esquemas había varios cofres que contenían los nacientes archivos del Ejército Libertador. Lo componían, listas de proveedores, roles de combate, informes de reconocimiento como el que se proponía a entregar. En pocas palabras toda la información que un ejército necesita para funcionar y que solo los que han servido en uno tienen noción de su volumen y de su importancia.
José de San Martín estaba de pie junto a un amplio tablón sobre el que se apilaban papeles y asomaban las cartulinas más amplias de los mapas. Estaba vestido con una camisa de bayetilla blanca, pantalones y botas de montar. En su mano derecha sostenía una lupa y a su frente se veía un equipo completo de dibujo con tiralíneas y varios tinteros con tintas de diversos colores. Era obvio que estaba extrayendo datos de las cartas topográficas que especialmente le preparaba y actualizaba su oficial de ingenieros, Álvarez Condarco. Con la llegada del baqueano las conversaciones cesaron y San Martín ordenó a los presentes que se acomodaran para recibir la exposición del recién llegado. Sin más miramientos Juan Estay, tras recibir un mate de uno de los auxiliares, comenzó a relatar los pormenores de su “informe de reconocimiento”, como los militares lo llamaban.
_ Salimos el viernes temprano por la quebrada de San Alberto. Hasta Manantiales hay cinco días de marcha. Pasamos por la estancia El Yaguaráz, dejamos al norte el cerro El Tigre, cruzamos por el paso del Espinacito y llegamos a Manantiales que es el único lugar con agua y leña en cantidad como para alojar a una tropa grande. Después, nos asomamos al otro lado -sin adentrarnos mucho- por el paso de las Llaretas como usted nos pidió mi Coronel. Aunque, como usted sabrá también está el paso de Valle Hermoso que es más suave pero más largo que el de las Llaretas. Largó de una sola tirada el baqueano Estay.
_ ¿Se encontraron con tropas realistas? _ Lanzó Álvarez Condarco, rompiendo el fuego de las preguntas, ya que tal circunstancia lo preocupaba sobremanera.
_ No, aunque vimos alojos cerca del Llaretas y huellas que llegaban hasta el lado oeste del Espinacito, pero eran de varios días atrás.
_ ¿Leña, agua, pasto fuera de Manantiales? _ Inquirió, a su vez James Paroissien, preocupado por esos aspectos logísticos.
_ Algo de llareta que se puede usar como leña, hay en casi todo el camino, pero no creo que alcance para todos ni para todo. Agua hay en casi toda la ruta. Pasto bueno, sólo en Manantiales y para no más de dos días, si es que se lleva una buena cantidad de  tropa como es lo que pienso.
_ ¿Mucho frió, puna?
_ Sí, se puso duro especialmente en el paso. Hasta nos neviscó un poco. Sí, el Espinacito tiene mucha puna. Vamos a tener que engordar bien a las mulas, no es un paso fácil...
_ ¿Usted dice que no es un paso fácil? ¿Pueden pasar por allí carretas, la artillería? _ Preguntó don Bernardo O’Higgins.
_ No, hasta dudo que puedan pasar mulas cargueras que no sean de las mejores.
Se hizo un silencio. San Martín tomó la palabra para ordenar acciones concretas en función de la información disponible. Dijo:
“Bueno, como siempre los informes que pedimos nos traen cosas buenas; y otras no tan buenas. Lo mejor es que parece ser que los godos no nos están esperando por ese lado. Lo peor es que el cruce por esa ruta va a ser más duro de lo que suponíamos, especialmente desde el punto de vista logístico. Quiero que todos los detalles de este informe queden asentados, que se actualice con ellos la cartografía con la que estamos trabajando. Álvarez Condarco hágase cargo de esta tarea. Quiero que el estado mayor estudie la posibilidad de llevar leña y forraje con nosotros o adelantarlo, si esto fuera posible. Además, quiero que analicen que medidas podemos tomar para con el frió y el soroche, de tal modo de aliviar a la tropa y al ganado durante el cruce. General Soler quiero que estudie especialmente el tema del cruce de la artillería, por donde puede pasar, que elementos podemos fabricar para facilitar el cruce de los cañones más pesados, como patas de cabra, malacates, poleas, etc. No se olviden de lo que dijo Napoleón sobre la guerra de montaña: “Por donde pasa una cabra pasa un hombre, por donde pasa un hombre pasa un batallón, por donde pasa un batallón pasa un ejército.” Por favor, véalo con Fray Luís. Sé que Napoleón usó distintas máquinas en sus campañas en Italia. Aquí le paso este libro: “Principes de la guerre de montagne” de Pierre Bourcet, que algo explica sobre ese tema.”
La reunión formalmente se disolvió, aunque las discusiones siguieron en grupos más pequeños. Juan Estay me llamó a su presencia. Con temor y emoción ingresé a esa habitación, no porque supiera lo que allí se decidía, sino porque sería presentado al Coronel San Martín como el pequeño “agente” que días atrás había conseguido aquel bendito papel de las maletas de un supuesto agente en Uspallata. Esperé en la puerta. Los escuché hablar entre ellos en voz baja. Juan me indicó que pasara, con una seña de su mano derecha. Me aproximé, me quité mi sombrero y me pare lo mejor que pude ante el hombre, cuya figura cada día adquiría mayor importancia para mí y para todos los cuyanos.
_ Este es el chico del que le hablé mi Coronel. _ Dijo solemne Juan Estay.
_ A mí no me parece tan chico. Especialmente si se ha mostrado tan corajudo. _ Dijo San Martín mirándome directamente a los ojos.
_ Seguro que no. _ Asintió Juan Estay.
_ Como prueba de que aprecio a los hombres de valor le vamos a hacer un regalo a nuestro amigo. _ Dicho esto, San Martín tomó una hermosa navaja sevillana que extrajo de uno de sus cofres y me la tendió. Como me dijo era una cachicuerna albaceteña. Un recuerdo de su paso por Cádiz. La tomé y comencé a abrirla. Trac, trac, trac hicieron sus siete muelles varias veces. Hasta que quedó desnuda una afilada hoja de más de una palma de largo. Debo haber quedado mudo, porque el coronel y el baqueano se rieron al unísono. Juan Estay dijo algo de que no se podía recibir de regalo tal hoja y me entregó una moneda que extrajo de su chaleco para que yo se la entregara a su vez, al coronel San Martín como “pago” por su regalo. Así lo hice, estreché la mano de coronel y me retiré para que ellos pudieran seguir tratando los asuntos serios en los que estaban. Intuyendo para mis adentros la terrible influencia que las decisiones de esos hombres tendrían en mi futuro inmediato. Aunque sin saber, cuan útil me resultaría, en mi futuro, el regalo recientemente recibido. Aquella arma blanca, si bien no fue la primera en mi vida; pero sí la que me prestó los mejores servicios a lo largo de mis años mozos. Desde cortar carne junto al asador hasta despachar a algún indeseable. Como en aquella noche neblinosa en la Ciudad de los Reyes, cuando debí dejarla abandonada en el pecho de un rival. Un famoso revolucionario al servicio de Simón Bolívar. Lo que no puede considerarse un mal fin para una buena faca como esa.





Mendoza en 1814 era una aldea edificada a la vera del piedemonte oriental de la pre cordillera, un cordón montañoso más bajo y geológicamente más antiguo que la Cordillera de los Andes y que se extendía paralelo a ella. Llamaba la inmediata atención del visitante, una elaborada red de irrigación compuesto por canales, hijuelas y acequias que cruzaban la ciudad en todas direcciones. Este singular sistema era -de hecho- una herencia de los primeros habitantes de la zona: los indios huarpes. En realidad, un conocimiento copiado a los incas. Cuando sus posesiones llegaban hasta la zona de Tambillos, en Uspallata. Con estos canales se irrigaban en forma artificial considerables extensiones de tierra. En consecuencia, lo que naturalmente era un desierto; podía ser sembrado, y se convertía en un oasis. Había, como en todo poblado colonial, una plaza mayor. En torno a ella se levantaban el templo mayor, en este caso dedicado al patrono de los Franciscanos; el cabildo y una feria o mercado. Las casas eran bajas en su mayoría y las calles de tierra, pero mantenidas en orden merced al permanente regado a la que eran sometidas para aplacar la tierra; y al barrido constante que las hacendosas mendocinas realizaban con escobas de picana.
Con Juan Estay habíamos llegado a la aldea a última hora del día anterior. Cumplida la misión encomendada por San Martín venía, ahora, el reposo del guerrero. Eso del reposo mi protector pensaba tomárselo literalmente;  ya que nos habíamos alojado en una posada de mala fama ubicada detrás de la feria y a la vera del zanjón Cacique Guaymallén y que era propiedad de una “dama” de su conocimiento. La Turca, de quien ya les hablara. Ella, se llamaba, en realidad, Leonor González. Era una morena, más bien baja y natural de Valencia. Había venido a América acompañando a un señorito que pronto la abandonó, no dejándole más alternativa que dedicarse a la profesión más antigua del mundo. Su nariz aguileña era un testimonio claro de los ocho siglos de dominio morisco en la península. Se sumaba, el hecho de su tersa piel color te con leche. Rasgos que le valieron el sobrenombre de marras. Hacendosa y tozuda como era, la Turca había hecho sus ahorros y con ellos comprado la posada, que no era más que una fachada para las actividades de sus “pupilas” como ella las llamaba. El edificio tenía dos plantas. La baja servía de comedor y por las noches de improvisada peña. En la superior estaban las habitaciones, más bien cuartuchos donde tenía lugar el “negocio carnal” según las enseñanzas de Fray Rodolfo. Era viernes así que había música. Luego de cenar, las mesas se habían dispuesto en semicírculo para dar lugar al espectáculo. Un cantor acompañado por dos guitarras entonaba:
“Cuando pa’ Chile me voy,
Cruzando la cordillera,
Late el corazón contento,
Una chilena me espera.
Late el corazón contento,
Una chilena me espera.”
Nada más apropiado para la audiencia y para la ocasión; ya que entre las mesas se distinguían varios guasos chilenos, al igual que arrieros y conductores de carretas cuyanas.
“Y cuando vuelvo de Chile,
Entre cerros y quebradas,
Late el corazón contento
Pues me espera una cuyana.”
Todo era alegría, no solo mereced a la música sino a las generosas porciones de vino, matizadas por copitas de grapa, que circulaban entre la concurrencia. Cuando el trío iniciaba su tercera estrofa fue que los vi. Uno era el joven al que le habíamos interceptado en la pulpería de don Selser en Uspallata cosa de un mes atrás. A los que estaban con él no los conocía, aunque me llamó la atención que miraran hacia nuestra mesa y que cuchichearan algo entre ellos. Luego se levantaron, y se fueron. Así que no los vi más.
“Viva la chica y el vino,
Viva la cueca y la zamba.
Dos puntas tiene el camino
Y en las dos alguien me aguarda.”
Sin duda alguna, si algo vivía aquí esa noche, era el vino. Porque fueron muchas las jarras que Juan Estay se puso entre el pecho y la espalda. No es una crítica moralista. ¿Quién puede negarle ese vicio a un hombre de la talla de Juan Estay? El problema era que afuera, en el patio, nos esperaban y no era precisamente: una linda chilena ni una fogosa cuyana.
Una vez que salimos. Se nos vinieron encima. El ataque estuvo destinado a matar desde un principio, pues no medio advertencia alguna, lo que era regla de honor en esos pagos y en esos tiempos. Sabe Dios donde sacó Juan Estay los reflejos para esquivar la puñalada que nuestro viejo conocido, demostrando ser el más audaz de los tres, le tiró a fondo.
_ Date por muerto maula, yo te voy a dar hacerte amigo de los milicos revolucionarios. _ Sonó la voz del agresor con marcado acento trasandino y que tras la fallida estocada inicial se acomodaba para una segunda.
_ ¿Muerto? Tu abuela. Qué entuavia no ha llegado ese día. _ Tronó aguardentosa y sardónica la voz de Juan Estay, mientras enrollaba su poncho alrededor de su mano izquierda, a la vez que en la derecha blandía ya su faca.
Los otros dos, superado el desconcierto inicial por la reacción que no esperaban; ya que habían observado las copiosas libaciones del baqueano. Comenzaron a maniobrar hacia los flancos de su víctima. Yo, por mi parte, estaba petrificado por el miedo. Pero éste que no es zonzo me hizo pegarme a una de las paredes del callejón. Mis ojos ya acostumbrados a la noche divisaban claramente el brillo de los puñales y mis oídos percibían el tintinear de las espuelas rodajeras de los atacantes. Aun sin saber de dónde saqué las fuerzas me encontré a mi mismo abriendo mi sevillana. Don Estay se defendía como gato entre la leña, aunque era solo cuestión de tiempo para que le entraran y recibiera una estocada mortal. Los tres agresores lo asediaban por todos sus flancos, quedando resguardado solo el de su espalada, también apoyada en el lado opuesto del callejón. En esa danza macabra estaban cuando uno de ellos cometió el error de ignorarme y darme la espalda con total impunidad. Sin pensarlo alargué mi brazo y lo apuñalé en la zona de los riñones. Lo que me sorprendió fue la suavidad con que mi hoja se introdujo casi sin esfuerzo en su cuerpo. Después vino el grito del desgraciado y su sangre tibia en mis dedos, que fue lo que realmente me dio más miedo.
Por su parte Juan, había tajeado feo la cara de nuestro viejo conocido. “Tomá, para que tengas vos y los maturrangos que te mandan!” Había exclamado Estay. Dicho esto, el desventurado trío recogió sombreros y cuchillos caídos; y se retiró cargando al herido. No sin antes prometer la peor de las venganzas. Casi simultáneamente, parte de la concurrencia atraída por los gritos de la pelea había ganado el callejón; aunque con más curiosidad que disposición para ayudarnos. Solo la Turca se preocupó cuando vio los brazos de Juan Estay cruzados por varios cortes, que comenzaban a manchar de rojo su camisa. Pero mayor fue su sorpresa cuando me vio. Allí parado con mi sevillana aun abierta chorreando sangre. Me abrazó y entramos juntos a la posada. Mujer de oficio, Leonor era además una excelente enfermera. En pocos minutos, vendas y emplastes estaban adecuadamente colocados. Después de unos instantes, rompió el animoso silencio la voz –esta vez casi sobria de Juan Estay que me decía:  “Ensillá, nos volvemos para el Plumerillo, tenemos que informar lo de esta noche. Esto no ha sido una pelea de mamados”.


***


El informe de reconocimiento de Juan Estay había dejado preocupado a todo el estado mayor. Y pese al dicho voluntarista de Napoleón. Una cosa era que pasara un baqueano y otra muy distinta todo un ejército. Para colmo de males no había forma de llevar las cargas pesadas como la artillería de campaña. Claro, Estay en su sencillez no había expresado que en realidad no se trataba de cruzar una cordillera, sino cuatro. La primera era la Precordillera mendocina, si bien baja, es dura y fatigosa de atravesar por la marcada ausencia de recursos; la segunda, era la cordillera Del Tigre, sólo accesible por el difícil paso del Espinacito de más de 6.000 varas de altura; y a continuación venían dos formidables cordones paralelos: la Cordilleras Oriental y la Occidental o del Límite. Sucede que sólo en un breve tramo, el de Mendoza y San Juan. La larga Cordillera de los Andes, que se extiende desde las Islas Aleutianas hasta la Antártica, se divide en dos. Obviamente, se trata de su tramo más elevado, que incluye entre otros picos, a los cerros Aconcagua y Mercedario de casi 8.000 varas de altura. Por suerte entre los macizos señalados corren valles longitudinales, como el de Uspallata –entre la primera y la segunda- y el del río San Juan entre la segunda y la tercera- que permiten un breve descanso al viajero; ya que allí sí hay pastos, agua y leña en cierta abundancia.
Pese a todo lo dicho. La majestuosa magnitud de los Andes no había sido nunca un obstáculo absoluto para las comunicaciones entre Mendoza y Santiago de Chile. Ya sea para los corredores incas que la recorrían desde Cuzco hasta Tambillos. Ni para los chasquis que lo hacían entre la Capitanía General de Chile y su dependencia cuyana. Desde aquellos lejanos tiempos se habían establecido rutas por las que marchaban desde correos y personas; hasta bienes comerciales. Por ejemplo, por más de 200 años los trámites judiciales cuyanos debieron tramitarse en la Real Audiencia de Santiago Chile. Por lo que existía un eficiente sistema de postas. También, cruzaban esas montañas los insumos que en Cuyo se elaboraban. Y los que llegaban de contrabando provenientes de barcos ingleses y franceses que recalaban en el puerto de Buenos Aires y que eran requeridos en Santiago. En sentido contrario llegaban desde la capital trasandina manufacturas como armas y pólvoras que esas provincias necesitaban para luchar contra las invasiones de los indios. Obviamente y pese a todo lo intenso que pudiera llegar a ser. No era, por razones obvias, un cruce sencillo. En principio, hacía falta un equipamiento para enfrentar las bajas temperaturas y un ganado excelente, preferentemente mular. También, era necesario contar con las autorizaciones de las autoridades pertinentes. En este caso del denominado: “Guarda Celador del Camino Principal de Aconcagua y Los Andes”. En forma paralela, estaban los cruces clandestinos que practicaban los contrabandistas de ganado y otras gentes de averías. Pero todos ellos, ya fueran legales e ilegales, quedaban confinados a los meses calurosos que iban de noviembre a marzo en un año benigno. Tampoco eran raras las tormentas de nieve y de viento blanco –aun durante ese lapso- que atrapaban y literalmente mataban a miles de animales y a los audaces que las arreaban. Como efectivamente pasó en el año de 1654 cuando una tropa de reses a cargo de Antonio y Pedro Moyano Cornejo debió soportar una tormenta de ocho días que provocó la muerte de 3000 de las 4000 cabezas de ganado que trasladaban.
Pero hacerlo comercialmente era una cosa y militarmente otra muy distinta, ya que a la oposición que presentaba esta formidable geografía. Había que oponerle la de la voluntad adversa de un enemigo que podía montar emboscadas en lugares de paso obligado. En este último sentido, una de las reglas de oro de la guerra de montaña es que un pequeño destacamento bien armado y abastecido puede retener casi indefinidamente a un adversario mucho mayor que pretendiera forzar un paso obligado. Entre ambos peligros, San Martín ya había elegido, preferiría enfrentarse a todos los rigores que el terreno le ofreciera; antes que a un piquete realista que aunque reducido; pero que bien ubicado pudiera malograr a la más poderosa de las columnas militares. Con ello, se adelantaba a su tiempo, con lo que se conocería después como la Estrategia de la Aproximación Indirecta, hecha famosa por el Capitán inglés Sir Basil Liddell Hart. La historia militar registraba otros cruces militares de magnitud y por ende famosos, como el de Aníbal en su guerra contra Roma; y el de Napoleón para ocupar el norte de Italia. Pero todos ellos deben ser considerados de menor magnitud al que intentaría el militar criollo. Especialmente, si se reconoce que tanto en ancho como en altura. Los Pirineos, que son los montes que los dos primeros necesitaron franquear. Son comparativamente mucho menos imponentes que nuestros macizos americanos. Todo ello sin mencionar el hecho, nada despreciable, que el macizo europeo estaba cubierto de pequeños poblados de montaña. Los que, eventualmente, podían brindar refugio o apoyo a las tropas. Todos conectados por bien conocidos senderos. Nada de eso existía en nuestros montes. Despoblados y carentes de recursos como eran.
San Martín había orientado a su estado mayor para que por sobre todo buscara la sorpresa como factor de éxito principal.  Como él la llamaba: una manoeuvre de derrière[1] que le cayera al enemigo por un lugar que no esperara. Ello imponía cruzar los Andes por un lugar inesperado, vale decir por uno difícil. Estaba la ruta principal conocida como del Aconcagua que unía las localidades de Uspallata y Los Andes. Su propia facilidad la descartaba para los planes; pero el problema era que era la única que permitía el tránsito de grandes cargas como la artillería. Ya sabían por Estay que la del Espinacito, aunque cercana a ésta, no solucionaba este problema. Por supuesto, que había otras, tanto al norte como al sur del objetivo estratégico que representaba Santiago de Chile, centro del poder realista. Pero estaban muy distantes entre sí. Por ejemplo, a 17 leguas al sur discurría el paso del Portezuelo de Piuquenes que llegaba a la localidad chilena de San Gabriel; y a 35 leguas más al sur, la del Portezuelo del Planchón Vergara que se comunicaba con Talca. Por su parte, al norte, estaba el Paso de Guana, a más de 80 leguas de Mendoza, que unía San Juan con la zona de Coquimbo. En resumen, un frente lineal de montaña de más de 100 leguas para tropas con una movilidad, que como máximo llegaba, a media legua por hora. ¡Vaya desafío!
Todo saber artístico se rige por principios más o menos universales, pero –en el caso del militar- se trata de principios duales, muchas veces opuestos entre sí. Por ejemplo, el principio de masa obliga a concentrar un volumen de fuerzas superior al del enemigo en el lugar decisivo. Ahora, bien toda gran concentración de medios es peligrosa, ya que es muy difícil de ocultar. Por lo tanto, este principio está reñido con el de sorpresa, que busca justamente sorprender al adversario. Por consiguiente, la conducción militar es un arte que se balancea siempre entre dilemas. Una gran concentración de tropas dificulta la sorpresa; la que a su vez se ve facilitada por la dispersión. Todo termina siendo una cuestión de medidas y proporciones, ya que como sostiene Clausewitz lo militar no tiene su propia lógica, pero sí su propia gramática. Aun así, la lógica formal no se le aplica totalmente. En cambio, son las leyes de la paradoja la que mejor lo rigen. Por ejemplo, un buen plan puede fracasar por el simple hecho de será el más esperado por el enemigo. Por el contrario, uno aparentemente malo, puede tener éxito porque el enemigo no esté preparado para enfrentarlo.
Todo esto, al contrario de muchos de sus contemporáneos, lo sabía San Martín, y allí residía parte de su genio. Él debía sabía que debía reunir la masa de sus fuerzas en un lugar del otro lado de la cordillera. Preferentemente cerca de ella y camino de Santiago que era su objetivo estratégico. Para ello, primero, había que evitar los destacamentos que los realistas ubicarían en los pasos obligados de la cordillera para detener a un ejército invasor. En este último sentido, en la elección de lugares de paso, en su cantidad y en su ubicación estaba la clave del problema. Una columna única sería fácil de detectar, anticipar y en consecuencia detener. Muchas columnas pequeñas, por el contrario, sería difícil que pudieran apoyarse mutuamente; a la par dey fáciles de ser derrotadas individualmente por un adversario hábil. “Dispersarse para marchar y reunirse para combatir”, tal era la máxima elaborada por el filosofo chino de la guerra Sun Tzu. Quien varios siglos atrás había sintetizado la norma bélica que San Martín debería seguir si quería tener posibilidades de éxito. Sencillo de comprender como era el principio, la dificultad de su cumplimiento estribaría en los detalles del dónde, del cómo y del cuándo. Para su definición el conocimiento del terreno sería vital, y en este sentido, los viejos baqueanos cuyanos tenían la llave de este conocimiento.

***

Cuando Juan Estay relató el incidente ocurrido en lo de la Turca la noche anterior. Obviamente, focalizó su narración en el desagradable encuentro con los tres forasteros. Con el obvio omitido de los detalles que no venían al caso. Álvarez Condarco, que además de ser nuestro jefe, era quien estaba a cargo de las tareas non sanctas que le encargaba San Martín. La denominada guerra de zapa. Se preocupó por el incidente y tomó nota de todo. Estay nos relató que creía, que el sargento mayor le había dicho que daría cuenta a su comandante de lo más importante. Y esto era que los godos no estaban inactivos. Ellos también buscaban información, difundir sus ideas y amedrentarnos. Eran los preparativos de la batalla. Los preliminares del gran choque que se avecinaba. Dicen que los que saben, sostienen que es –precisamente- en esta etapa cuando las batallas se ganan o se pierden. No en el campo de batalla. Donde todo ya está decidido. Mientras don Estay nos relataba estos pormenores, tuve la intuición que este tipo de incidentes serían comunes en nuestro futuro. Aunque más que intuición era una deducción. Nuestra propia naturaleza nos predisponía para ello. Hablo de los baqueanos. Éramos por definición, gente de recursos. Hábiles en el arte de sobrevivir. Conocíamos el terreno, sus recursos, como aprovecharlos. Por ejemplo, podíamos marchar, por días enteros, sin necesidad de abastecimiento alguno. Mitad soldados, mitad paisanos. Teníamos las virtudes de ambos. Pues, por un lado, éramos bastante hábiles en el manejo de toda la panoplia de armas de los primeros. A los que sumábamos, por otro lado, la picardía de los segundos. Otra ventaja, que se me ocurría por aquellos momentos. Era el hecho de que éramos fácilmente olvidables. Ya que si se daba el caso de que cayéramos prisioneros. No hacía falta que alguien se hiciera responsable por nosotros. Todo podía negarse y olvidarse.


[1] Maniobra de flanco que busca, por un lado evitar atacar frontalmente el dispositivo enemigo; y por otro lado, golpearlo en su flanco o en su retaguardia.

CAPITULO V




                                                                     CABILDO ABIERTO






El Libertador fue un eximio jugador de ajedrez. Así lo narró el general Jerónimo Espejo, partícipe del cruce de los Andes en su libro sobre el Libertador: "El ajedrez, ese juego generalmente reputado de carácter militar, que según se sabe era recomendado y aun prescrito por Napoleón el Grande, San Martín lo desempeñaba bien aventajadamente como lo veíamos cuando la formación del Ejército en Mendoza. Era muy entendido, además, en "El Centinela" y "La Campaña", juegos rigurosamente guerreros que estuvieron en boga en Europa desde el primer decenio del presente siglo, y muy semejantes en su mecanismo a La Batalla, que don Carlos de Pravia describe en su "Manual de Juegos", dado a luz en París, en 1869. Probablemente aprendió a jugar en el Seminario de nobles de Madrid, o entre sus camaradas en las primeras campañas; pero tampoco sería aventurado creer, que, algunas ocasiones, los ejercitara en la misma Europa, con los encopetados militares que lo distinguieron con su predilección y su confianza. Estos juegos eran su entretenimiento favorito, el ajedrez en especial, con los señores O'Higgins, Arcos, Álvarez Condarco, Necochea y otros jefes, así que terminaban las academias generales." Yo lo he visto jugar otra partida. Una real. Una donde era preciso ganar a cualquier costo. Como en este juego ciencia, lo vimos a nuestro comandante general mover peones, alfiles y otras piezas mayores. A veces, para ser sacrificadas en aras del objetivo final: la libertad americana. Como el mismo lo repetía de tanto en tanto. Lo más difícil era enviar a estas misiones a los amigos. Pero muchas veces no había más remedio.

En una revolución las ideas son lo más importante. Representan la causa final por lo que se lucha. Como en tantas otras cosas americanas, aquí tampoco había unanimidad de opiniones. Por un lado, estaban los del partido de la Independencia que querían una total emancipación de la Metrópoli y, como dirían después, de “todo otra dominación extranjera”. Por el otro, estaban los “letrados” o “alumbrados” que anhelaban un cambio político radical inspirados en un Liberalismo a ultranza. Desconfiaban de la capacidad criolla para el autogobierno, y en su lugar, abogaban por una suerte de coloniaje bajo el amparo de potencias protectoras como Francia o Gran Bretaña. Para empezar a entenderlos podemos decir que la mayoría de los primeros habían peleado en la Reconquista y apoyado a Cornelio Saavedra en ocasión de la Junta Grande. Muchos de ellos eran hombres del interior. Por el contrario, entre los segundos había varios que habían visitado furtivamente a los ingleses mientras ocuparon Buenos Aires. Sus dirigentes más destacados eran Castelli y Moreno. Entre sus seguidores estaban: Vieytes, Nicolás Rodríguez Peña, French, Berutti; y hasta un desorientado Belgrano que se les unió en un primer momento.

Para complicar un poco más la cosa estaba el tema de las sociedades secretas que agrupaban a tirios y troyanos. Había una multitud de ellas. Lo cual es lógico, si analizamos el contexto represivo que reinaba en las colonias españolas. Nadie en su sano juicio hubiera osado criticar, mucho menos conspirar contra la Corona, sin la cobertura que promocionan este tipo de sociedades. En ese contexto, la Logia Lautaro era una más, pero terminaría siendo la más influyente todas. Basta recordar la lista de sus miembros argentinos. Al margen de don José de San Martín, estaban: Carlos María de Alvear, Bernardo de Monteagudo, Gervasio Posadas y Tomás Guido. A los que se sumaban los extranjeros –sólo para mencionar a los principales- el chileno Bernardo de O’Higgins y los venezolanos Francisco Miranda y Simón Bolívar.

Iniciado en los negocios de la logia en Londres, San Martín continuó con esta participación mientras estuvo en Buenos Aires. Después, algo pasó, que no lo sabemos exactamente, pero que le trajo a él y a nosotros sus seguidores innumerables dolores de cabeza. Según recuerdo todo empezó con la visita de un marino inglés que el Coronel recibiera a principios de 1815. Como nos lo explicara nuestro conocido irlandés, Stephen Naylor. Este era un amigo común de nuestro jefe y de Carlos María de Alvear. Que como saben vuestras mercedes, supo ser, este último, el enemigo más íntimo y perdurable de nuestro querido jefe.





                                                                                   ***





_No, no, no puede ser. Ese hombre está loco. ¿Cómo puede haber ofrecido tal cosa? _ Dijo San Martín tratando de mantenerse calmado.

_Tu lo conoces bien, no ha querido traicionar a nadie. Sólo busca ayuda donde cree que puede encontrarla. Es decir, con nosotros. _ Sostuvo en un tono que quería ser conciliador el Comodoro de su Majestad Británica, William Bowles.

_ No entiende acaso que uno debe ser lo que debe ser. Somos americanos. De que vale sacudirnos el yugo español para caer en otro. Les estamos agradecidos a ustedes por su ayuda; pero de ahí a pedir, como pide... _ Dicho esto, San Martín tomó la nota que Bowles le entregara en nombre de Alvear y leyó textual:



"Estas provincias desean pertenecer a Gran Bretaña, recibir sus leyes, obedecer su gobierno y vivir bajo su influjo poderoso. Ellas se abandonan sin condición alguna a la generosidad y buena fe del pueblo inglés y yo estoy resuelto a sostener tan justa solicitud para librarlas de los males que las afligen. Es necesario se aprovechen los momentos; que vengan tropas que impongan a los genios díscolos y un jefe plenamente autorizado para que empiece a dar al país las formas que sean de su beneplácito...”



_ ¿Me dices que esta nota le ha sido entregada a Lord Strangford? Pero, si aunque yo lo apoyara, el país no nos seguiría. Esto es una locura...

_ Te entiendo más de lo que tú crees; pero tú lo conoces, está decidido a todo. He visto como se ha rodeado de pompa y de matones alquilados.

_ Si esto es así. Entonces, dile que renuncio que no quiero ser cómplice de sus planes. _ Dijo, al fin, un resignado San Martín.

_ Entiendo que es tu última palabra. Siempre te tuve por un hombre de honor. Aunque sin tu apoyo su gobierno no vale un penique.

Con abrazo se despidieron. Estaba claro para ambos que habían tomado decisiones y caminos diferentes.





                                                                                      ***





Tuuuriii!!! Tuuurrii!!! Reunión. Tronó el trompa de órdenes de El Plumerillo. Como civiles que éramos seguimos mateando tranquilos mientras reparábamos nuestras monturas y albardas. “Hay que reunirse. Todos a la Plaza de Armas”. Dijo José Antonio Joffré desde la entrada del monturero de la mulera.

Junto al mástil se congregaban las fracciones que llegaban de todas direcciones. Había gente en uniforme completo que estaba haciendo instrucción; otros con ropa de fajina, ya que estaban en tareas no tan marciales; y nosotros los civiles, en nuestros atuendos de trabajo. Junto al mástil, el Capitán Rufino Guido gritó: “A formar, en cuadro por compañías. ¡Pasar lista y traerme las novedades!”

Nosotros, los baqueanos nos agrupamos como de costumbre a la cabeza de la formación; ya que siempre encabezábamos las marchas. Pero ese día no marcharíamos. Una vez recibidas las novedades. El capitán nuevamente ordenó: “Sobre el centro. ¡Conmigo, reunirse!” Así lo hicimos.

_Señores. Tengo que transmitirle una serie de órdenes importantes, así que mejor que presten atención. Nuestro coronel ha pedido su relevo como Gobernador al Director Supremo porque no comparte varias cosas con él...

Una serie de exclamaciones y murmullos se alzaron de inmediato. El capitán los mando callar a todos y prosiguió.

_Obviamente, que nuestro coronel no nos va abandonar ahora. Es una jugada. El ha mandado su renuncia al Cabildo de Mendoza. Pero, nosotros pediremos un cabildo abierto para que lo dejen en su puesto. Así podemos seguir nuestros preparativos para pelear contra los godos ¿Me entienden?

Nadie entendía nada, pero nadie se atrevió a manifestarlo a ni preguntar algo.

_ No importa. _ Viendo nuestras caras de sorpresa, concluyó el Capitán Rufino Guido. Agregando:

_ Sus sargentos mayores tienen órdenes concretas para ustedes. Ah, todos los francos y permisos están cancelados.





                                                                          ***












En el monturero de la mulera, Juan Estay que oficiaba como nuestro “sargento mayor” nos explicó lo que teníamos que hacer. Ya que el reemplazo de nuestro coronel como gobernador intendente de Cuyo era inminente. Pues él no había aceptado los planes de su enemigo jurado, Carlos María de Alvear. Quien era, a la sazón, Director Supremo de las Provincias Unidas del Río de la Plata. Debíamos organizar un cabildo abierto para pedir que nuestro coronel se quedara. “Qué tanto, para eso son los cabildos, para que nosotros el pueblo nos expresemos...” terminó la exposición inicial del baqueano mayor. Ahora venían las instrucciones concretas. “Ustedes se ve van –dijo señalándonos a los Joffré y a mi- a lo del Fray Rodolfo y me lo convencen para que con su gente nos apoye en la plaza mayor.” Otros baqueanos tenían misiones similares con gentes de su amistad y conocimiento. La idea era simple: juntar una multitud mañana al mediodía frente al cabildo para pedir por la continuidad de nuestro jefe.

Ensillamos y salimos. A última hora del día estábamos golpeando la puerta de la sacristía del convento de Santo Domingo. Un hermano menor de la Orden nos abrió la puerta con un farol de vela en la mano. Cuando le preguntamos por Fray Rodolfo, nos condujo a la biblioteca del convento; ya que allí se encontraba reunido el fraile con sus acólitos. Efectivamente, el boticario Selser y el conductor de carretas Alderete allí estaban. Además, de una media docena de personas que no conocíamos. Juan José le expuso nuestras órdenes. Por la cara que puso me dio la impresión que no le gustó mucho.

_No sabe tu coronel y ustedes que ya el Director Supremo ha nombrado al Coronel Gregorio Perdriel como su reemplazo.

_ Mañana el Cabildo lo rechazará y confirmará a San Martín en su puesto. Retrucó, Juan José.

_Veo que lo tienen todo previsto. Pero hay un Director Supremo, que además, hasta donde se tiene un buen plan para estas provincias.

_Padre...dije tímido.

_ Si Juan. Respondió el dominico.

_Acaso no nos ha enseñado usted que la soberanía reside en el pueblo y que un cabildo abierto no es más que una asamblea donde la voluntad popular se expresa.

_ Veo, Juan que has aprendido tus lecciones. Pero sucede que aquí el pueblo es bruto e ignorante y no sabe lo que le conviene. Y tu coronel no piensa más que en manipularlo. En llevarlo como chancho pa’ la feria.

_ ¿Padre usted está con nosotros o no? Lo apuró Juan Antonio, a quien estas disquisiciones semánticas aburrían.

_Pues claro que estamos con ustedes. Ustedes tienen la fuerza. Sólo dile a tu jefe que no se extralimite. Que no es cuestión de atropellar las libertades así como así. Mañana estaremos en la plaza.

Contentos con nuestra misión nos aprestábamos a retirarnos cuando el fraile disparó: _ Creo que sería bueno para todos que vuestro coronel aceptara nuestra colaboración en su nuevo gobierno. _ Ante nuestra sorpresa, especificó: “Por ejemplo, podría nombrarlo a don Selser a cargo de la sanidad o a don Alderete de las cuestiones de transporte.”

Juan José asintió, dando a entender de qué pasaría el pedido a quien correspondiera. Dicho esto salimos todos del convento. Contentos por haber terminado con nuestra extraña misión.

A media mañana, en la plaza mayor, ya había indicios de que algo importante tendría lugar. Vendedores ambulantes, desde temprano voceaban sus productos. Las empanadas calientes, junto a los caramelos de miel estaban entre los más requeridos. Al principio, sólo se veían soldados vestidos de civil. Pero, poco a poco, el pueblo llano fue llenando la plaza. También, para nuestro regocijo. Mujeres de todas las edades y condiciones sociales. Cada una con su mantilla en la cabeza se iba congregando. Las más jóvenes no dejaban de lanzar miradas de reojo a los soldados de civil que las escrutaban con descaro. Chacareros, arrieros, gente del común se mezclaban con comerciantes acomodados, escribas del gobierno y hasta con alguna gran familia mendocina. De igual forma, se producía una extraña mixtura de las etnias presentes, que de no ser por la circunstancia excepcional de un cabildo abierto, hubieran permanecido estrictamente separados. Blancos a los que se debía el trato de “don”, se codearon ese día, con negros esclavos, mulatos, indios, mestizos y pardos. Tales eran las categorías que la América hispana agrupaba a sus súbditos.

Fray Pedro Mendoza y sus acólitos estaban presentes como habían prometido. Nosotros habíamos ocupado las inmediaciones de la puerta principal del cabildo, como se nos había ordenado. Nada de armas ostentosamente portadas, pero todos teníamos nuestras facas a mano, por si las moscas... Un grupo de Cívicos Blancos montaba una guardia reforzada por la ocasión. Entonces fue que los vi. María avanzaba, junto a su padre, sombrilla en mano rumbo al centro de la plaza. Me separé de mis compañeros y fui a su encuentro, aunque como quien no quiere la cosa, para que pareciera un encuentro casual.

_Buenos días don Joel, buenos días María. Dije al cruzarme con ellos.

_ Buenos días. Respondió el norteamericano, aunque sin ocultar su sorpresa y su desconfianza.

_ Es el mozo de quien te hable. El que nos ayudara en Villavicencio. _ Dijo María, en un tono cómplice.

_ Ah, claro ahora lo recuerdo. Le estamos muy agradecidos. Buen espectáculo han montado ustedes aquí. Me recuerda a nuestro “Boston Tea Party”. Aunque, claro allá lo hicieron los granjeros y los comerciantes disfrazados de indios y por lo que aquí veo es gente del ejército disfrazada de paisano. Interesante.

Viendo que la conversación giraba sobre temas que no me interesaban me hice perdiz. No sin antes intercambiar sonrisas con María.

Los gritos de: “!Muera Alvear!” Y “¡San Martín no se va!” comenzaron a retumbar por la plaza. Una clara señal de que la función estaba por comenzar y que yo no estaba en mi puesto. José Clemente Benegas, Regidor del Cabildo de la ciudad de Mendoza se asomó por el balcón del edificio capitular. Así pudo comprobar lo que varios de sus colaboradores ya le habían dicho. Que afuera se congregaba una multitud. Una mayor que aquella que se reuniera en las jornadas de mayo de 1810. En aquella oportunidad solo unos cuarenta vecinos habían firmado de conformidad el acta que se había girado desde Buenos Aires. El Alguacil Mayor, que era un hombre práctico sugirió que se hiciera ingresar al cabildo a una representación por cada uno de los cuarteles en que estaba dividida la ciudad. A saber, estos eran: los seis correspondientes al casco urbano; más los de la periferia: Lujan, San Miguel, San Vicente y San José. A los que había que sumar los parajes alejados de: Jocolí, Barrancas, Barriales, Valle de Uco, Desaguadero y Uspallata. “Diez cuarteles en total. A cuatro delegados por cuartel nos da las cuarenta plazas de nuestra sala de audiencias.” Agregó sentencioso el Escribano Mayor.

_También hay que considerar la solicitud del Señor Gobernador quien nos ha pedido la máxima representación posible. Por lo que sugiero que de los cuatro delegados, dos sean para vecinos reconocidos, uno para los artesanos y labradores y uno para los soldados del fuerte. _ Dijo el Capitán Rufino Guido.

Con todos los presentes de acuerdo se les ordenó a los alguaciles que procedieran a llamar a los delegados por cada uno de los cuartes. Así, lo hicieron, no sin cierto alboroto y demora como era de esperarse en estas circunstancias. Finalmente, los cuarenta delegados se sumaran a la planta estable del cabildo y a los oficiales designados por el Coronel San Martín para estar presentes. El Presidente dio por iniciado el cabildo abierto. Acto seguido, y después de solicitar silencio varias veces en vano. Se impuso la voz del Alguacil Mayor que propuso se votara el rechazo del nombramiento de Perdriel como gobernador. A lo que los presentes contestaron con un mar de bullas e imprecaciones. Después, el mismo alguacil, propuso la continuidad del Coronel San Martín. Lo que por supuesto fue recibido con vítores y gritos de júbilo. Rápidamente, lo sucedido dentro de los muros del cabildo llegó a oídos de la multitud congregada que estalló de alegría. Hechos los comentarios de rigor el gentío comenzó a disgregarse. Entre otros motivos porque siendo el mediodía el sol mendocino mostraba toda su inmisericordia.

CAPITULO VI



                                                                 PARA BELLUM







_ ¿Un cajón de arena? ¿Eso para qué sirve? _ Pregunté inquisidor. La cara de pocos amigos de mi baqueano jefe, Juan Estay, me disuadió de continuar mi interrogatorio. Tal como me lo había ordenado salí a buscar los productos que me ordenara. Yerba, harina y azúcar del rancho. Distintos tamaños de piedras, ripio y arena de los alrededores. Al cabo de unas dos horas nos dirigimos con la mayoría de los materiales requeridos al lugar ordenado. Un claro rodeado de tipas a la vera de una acequia que corría en la parte posterior del cuartel. Allí nos esperaba Juan Estay que junto con otros auxiliares habían removido la tierra con azadas y palas conformando un cuadro del tamaño de dos mantas matras. Otros traían piedras redondas de un arroyo cercano con las que levantaban una pirca baja alrededor de la excavación. Por su parte, el Sargento Mayor Álvarez Condarco parecía estar a cargo de la tarea; ya que desde una mesa cercana en la que había mapas y croquis, daba indicaciones precisas. “Levanten más esa línea de alturas”, “Allí, donde está esa piedra negra hagan un paso”. Eran algunas de sus instrucciones.


Con nuestra harina se espolvorearon las cumbres nevadas, con la yerba los valles de Mendoza, Uspallata, Los Patos y otros de aquella extraña construcción a la que denominaban, los que dirigían la tarea: “cajón de arena”. Ya casi terminada se entendía que era todo aquello. No era más que un modelo a escala de nuestra Cordillera de los Andes. Allí estaba nuestra querida Uspallata, la vecina Los Andes y el sistema de pasos que las unían. Más al norte San Juan y Valdivia, La Rioja y Copiapó. Al sur, San Rafael y Talca.


En eso estábamos cuando se apareció el Coronel San Martín acompañado por Bernardo O’Higgins, Antonio Arcos, Mariano Necochea y otros jefes. Por lo que les entendí, se aprestaban a jugar un juego en el que pretenderían estar efectivamente cruzando los montes. San Martín era quien daba las instrucciones finales. “Usted, Álvarez será el árbitro del terreno y junto con sus baqueanos nos irá diciendo cuantos días de marcha hay, donde hay pasto, agua, leña y otras cosas por el estilo. Usted, Necochea será el árbitro para los combates. En los anexos del “Manual de Juegos” de don Carlos Pravia, que ahora le entrego, encontrará las tablas para producir los desgastes correspondientes cuando ocurran los combates. Y Bernardo, mi amigo, siendo que es quien mejor los conoce, representará a nuestros enemigos, los godos...”


Realmente, era apasionante ver al coronel “jugar” con sus oficiales durante horas. Sostener incluso discusiones acaloradas sobre esta o tal acción. De esta forma no solo diseñaba y ensayaba su plan de campaña. Lo que era más importante conocía y se daba a conocer a sus subordinados. Cómo pensaban y cómo reaccionarían ante tal o cual circunstancia. Sin duda, nosotros los auxiliares, los soldados podíamos descansar tranquilos sabiendo que nuestros jefes no dejarían librado nada a la improvisación.


Otro aspecto importante, que se practicó después, era la impartición de órdenes. No era cosa sencilla. Ya se habían perdido varias batallas por la confusión que surgía del hecho de que cada uno lo hacía a su manera. San Martín las unificó. Primero, en un aula le explicó a sus oficiales cuales eran las órdenes básicas y para que servían. Para los cambios de formación, para hacer alto, para atacar, para retroceder. Luego, se las hizo practicar. No debían gritar, porque eso les agotaba la voz; pero sí debían hacerse escuchar. No era cosa fácil hacerlo en el medio del campo y en el medio del fragor de un combate. También, para reforzar esto, todos los soldados fuimos instruidos en lo que se denominaba “pasar la voz”. Uno escuchaba una voz y había que repetírsela al hombre más cercano. Para las distancias más largas se instruyeron a los trompas en diversos toques. Finalmente, para las grandes distancias se conformó un cuerpo de chasquis.






                                                                            ***





_Prepárense que nos vamos. Tenemos que escoltar al jefe hasta San Juan. _ Dicho esto, José Antonio Joffré salió de nuestros alojamientos en El Plumerillo. Seriamos de la partida el coronel: uno de sus ayudantes, los hermanos Joffré, Coliguante y quien les habla. Según nos dijo José Antonio, no quería escolta. Solo nosotros. Su intención era visitar a su amigo, José Ignacio de la Roza. A la sazón, teniente gobernador de San Juan. Eso fue lo que se nos dijo. Pero, las verdaderas razones del viaje de nuestro jefe eran mucho más complejas. Desde hacía unos días que llegaban noticias preocupantes de la zona norte de la intendencia. Por un lado, los rumores hablaban de intentos secesionistas; y por el otro, estaba la necesidad de reunir los recursos necesarios para la campaña de Chile que ya se avecinaba.


Después de tres días de marcha por la zona desértica que se extiende al norte de Mendoza, donde atravesamos oasis huarpes en las que nuestro amigo Coliguante se sentía a sus anchas, llegamos a las afueras de San Juan. Con las últimas luces del día y después de deambular entre algunas casa bajas, nos dirigimos al Convento de Santo Domingo que era el punto terminal convenido. Allí nos esperaba el propio José Ignacio. Quien por aquellos tiempos era un distinguido y rico terrateniente sanjuanino de unos treinta años. De mediana estatura. Vestía de levita y usaba las patillas largas y anchas a la usanza de la época. En sus épocas de estudiante de Derecho de la Universidad de Córdoba, de la mano de los dominicos, había hecho suyas las ideas revolucionarias de la Ilustración. Consecuencia de los cambios revolucionarios acaecidos en todos los cabildos de Cuyo de fines de 1814 y principios del 15. Había pasado de Alcalde de Primer Voto a Teniente Gobernador. Además, en su carácter de rico hacendado, había estado colaborando económicamente con algunas empresas menores de San Martín.


_! Bienvenido mi coronel! ¿Cómo lo trató el Desierto? _ Fue el saludo poco formal del Teniente Gobernador.


_Buenas tardes José Ignacio. La tirada ha sido larga, pero ya estamos aquí. _Respondió nuestro coronel.


Junto a él se encontraban un sacerdote que vestía el hábito blanco y negro de los dominicos. Un militar con el uniforme de comandante de milicias, que después me enteré que se llamaba Juan Manuel Cabot y un hermano menor de la Orden Dominica que sostenía un candil sin encender, pues aún se podía ver.


Después de cuatro días de merodear y holgazanear por el Convento de Santo Domingo y sus alrededores. El coronel nos ordenó prepararnos para el regreso. Durante esos días desfilaron por allí todo tipo de gentes. Desde chacareros ricos que prometían entregar cuotas mensuales de distintos productos de la tierra, tales como: aguardiente, vino, pasas de uva, harina, trigo, maíz, aceitunas. Ganaderos prósperos que entregaban mulas silleras y cargueras, caballos, cueros de vacuno. Y hasta mujeres sanjuaninas de posición que entregaban paños y hasta joyas y objetos de plata labrada. También, dueños orgullosos que se desprendían de sus esclavos negros, quienes –a su vez- juraban combatir a cambio de su liberación. Ni el propio Padre Superior se salvó del sablazo de nuestro jefe; ya que al irnos se enteró que su cómodo convento sería el cuartel de las tropas que prepararía el Comandante Cabot.





                                                                                 ***





Coliguante pertenecía a la rama huarpe milkayak que habitada la zona de las lagunas de Huanacache que formaban los meandros del río San Juan. Que visitáramos una aldea de gente de su raza, en nuestro viaje de regreso, no respondía a una mera cortesía, sino a una necesidad militar de nuestro coronel. La idea general era contribuir a engañar a los españoles sobre los lugares por los que se efectuaría el cruce de los Andes. El plan ideado por San Martín consistía en convencer a los parientes de nuestro amigo indio para que pasaran información falsa a sus allegados, los pehuenches. Los que vivían al sur de Mendoza. Los que, a su vez, estaban en buenas relaciones con los recelosos mapuches. Que eran una etnia de indios chilenos que siempre había estado en excelentes términos con las autoridades realistas de Santiago. Pero, que nunca habían sido bien recibidos por las gentes de este lado de la cordillera. La idea había surgido luego de una deducción del Sargento Mayor Álvarez Condarco. Como recordarán vuestras mercedes. Primero, habíamos capturado un despacho secreto, en el cual un agente enemigo mostraba sus intenciones de relacionarse con los mapuches leales a la corona. Luego, estuvo el incidente de Juan Estay en lo de la Turca. Todo ello llevaba a concluir. Unido a informaciones de nuestros agentes que operaban del otro lado. Que los realistas habían abortado un ataque a Mendoza. Confiaban, ahora, en conocer por anticipado nuestros planes. Y derrotarnos en su propio terreno. De allí la necesidad de engañarlos a ellos. Antes de lanzarse a la aventura del cruce.


La aldea huarpe, localizada a la vera de una laguna pantanosa en la margen sur del río San Juan, se conformada por una veintena de chozas hechas de barro y pasto. En sus proximidades, la monotonía del desierto, se interrumpía por grupos de alpatacos, una especie del algarrobo, y otros vegetales cultivados por los indígenas mediante un ingenioso sistema de acequias. También, había entramados de caña con pescado secándose al sol. El cacique Ñeincul nos recibió revestido con sus atributos de mando: un poncho negro con guardas geométricas rojas y blancas y una lanza decorada con plumas de ñandú. Dada su edad avanzada de su portador le servía mas como bastón que como arma. Rodeado de sus guerreros más distinguidos, sus esposas y una multitud de perros, invitó al coronel y a su ayudante a sentarse sobre una alfombra tejida con totora. Luego de los saludos de rigor. Uno de las esposas del cacique hizo circular un chifle con aguardiente de semilla de alpataco.


_Me dicen que anduvo de viaje por el norte. _ Disparó el cacique sin más protocolo y en un perfecto castellano. A esas alturas la asimilación de los huarpes estaba muy avanzada. Su natural mansedumbre, sumada a la proximidad a la capital mendocina y el mestizaje habían hecho lo suyo.


_Así es mi amigo. Estuve visitándolo a don José Ignacio de la Roza. Dándole instrucciones para que se prepare. _ Contestó San Martín.


_Algo me han comentado, me dicen que quiere cruzar los montes para sacar a los godos. Me dicen, también, que ha sido bueno con la gente de nuestra raza y que incluso que anda liberando esclavos. Todo eso me parece bueno. Ya era hora.


_ Así es. Ustedes como verdaderos dueños de esta tierra lo saben mejor que yo. Pero parece que sus primos del otro lado no quieren cambiar.


_ Ellos han sido siempre awqa. Por eso han estado siempre al lado de los poderosos. _ Sostuvo sentencioso Ñeincul. Quien ante el silencio que produjo su declaración. Continuó:


_¿Y a usted coronel en qué podemos ayudarlo?


Los ojos de mi coronel brillaron como cada vez que su trabajo daba sus frutos. Paso a explicar su plan de engaño, o guerra de zapa como él la denominaba por ese entonces. Paciente, sin apelar a grandes principios; pero siendo lo más concreto posible les fue explicando a Ñeincul y a sus esbirros lo importante que sus primos pehuenches creyeran que la invasión se movería por los pasos más accesibles de Malal Hue. A la altura del fuerte de San Carlos. Al sur de la ciudad de Mendoza. De paso, mi jefe se ocupó de dejar sobreentendido que un gobierno como el que él presidiría sería lo mejor para ellos y sus vecinos. Sin que se lo pidieran le ofreció a Ñeincul mantas, paños de género, hojas de pedernal y cuchillos. También, le dijo que tenía un médico inglés al que enviaría con yodo para curar a la numerosa cantidad de indios con bocio. Pero, con certeza, lo que más le gusto al cacique fue que ese gran jefe criollo lo tratara como un igual. Con toda certeza que los detalles de este encuentro, convenientemente embellecidos y magnificados se transmitirían por generaciones.





                                                                           ***






Mendoza como capital de Cuyo era obviamente el centro neurálgico de la preparación del Ejército de los Andes. En ella se encontraban la masa de las industrias de la zona. Como, por ejemplo la maestranza montada por Fray Luis Beltrán en el viejo molino de los Tejeda. Y la fábrica de pólvora de José Antonio Álvarez Condarco donde trabajaban cientos de indios y esclavos cedidos por sus dueños. También, colaboraban con la preparación del vestuario para los casi 7.0000 efectivos de tropa, una nutrida cuadrilla de mujeres humildes que tejían ponchos, mantas matras y picotes. Por supuesto, las damas de alcurnia colaboraban a su manera. Ya sea entregado sus preciadas joyas o bordando la que luego sería la legendaria bandera del Ejercito.


El armamento principal vale decir los fusiles con los que se equiparía la masa de la infantería del ejército se los consiguió como se pudo. Los había de varias procedencias, aspecto que complicaba enormemente el abastecimiento y la maestranza. No existía por aquella época la posibilidad de fabricarlos aquí; aunque sí de repararlos. Simples como eran; ya que todos eran de los denominados a chispa, exigían materiales y procesos de los que se carecía. El mecanismo de disparo estaba compuesto por un pedazo de pedernal que al accionar el gatillo golpeaba una cazoleta de acero donde había pólvora de grano fino o un estopín, el que a su vez daba fuego, a la carga de pólvora que estaba en la recámara; la que en definitiva producía el disparo. Por un lado, estaban los fusiles franceses Charleville calibre 69 (aunque también había algunos del 70 y el 71). Pero los buenos tiradores preferían al fusil inglés Baker calibre 62; ya que como ellos decían: “un tiro, un muerto”. Con ambos, una tropa de infantería bien instruida podía disparar hasta tres salvas por minuto. Ninguno de ellos era eficaz más allá de unos 300 pasos. Como arma secundaria -los más afortunados- portaban una pistola de chispa, también, calibre 69. Luego, estaba la gran variedad de armas blancas que todos traían, compuesta por, bayonetas, picas y cuchillos de todo tipo para el combate cuerpo a cuerpo.


La caballería y la infantería montada estaban armadas, básicamente, con lanzas y sables. Si bien, especialmente la segunda, tenía provista un arma de fuego: la tercerola que era un fusil corto. Aunque era poco precisa y de poco alcance. San Martín repetía siempre: “Soldado, la bala es loca, solo la lanza es certera”. Esta última se componía de una larga tacuara en cuyo extremo se ajustaba una punta afilada de acero. Cerca de su centro de balance llevaba una correa de cuero que permitía a su usuario manejarla. Se la usaba, principalmente montado, a paso de carga, para arrollar al enemigo. El secreto de su uso estaba en la acción coordinada del brazo que debía ensartar a su objetivo en forma transversal, nunca perpendicular. Porque en ese caso se producía un rebote que podía derribar al jinete atacante. Después, en orden de importancia estaba el sable. Se lo confeccionaba con una hoja curva de acero de unos tres palmos de largo. Cubriendo la empuñadura tenía una cazoleta que protegía la mano del esgrimista. Completo pesaba, aproximadamente, una libra. Con esta arma se podían infligir tres golpes básicos. El de plano, dirigido a la cabeza del adversario, que se lo usaba para atontarlo. La estocada, que buscaba producir una herida profunda mediante el uso de la punta del arma. Y, finalmente, el corte o sablazo –propiamente dicho- que se daba con el filo y que buscaba cercenar o cortar. Paralelamente, existía toda una gama de defensas o paradas para cada uno de estos golpes. A su vez, repetidos para el costado derecho e izquierdo del combatiente. Se buscaba, pero esto era muy difícil, en el esgrimista la habilidad de ambos brazos. Pero, siempre se daba el caso que uno tenía uno más hábil que el otro. Para la práctica, tanto de la lanza como del sable se usaban muñecos rellenos de paja que colgaban de pértigas. También, cuando se los conseguía, se colocaban calabazas sobre postes a los que había que sablear al galope.


La artillería, estaba conformada por una variopinta colección de armas agrupadas en dos categorías básicas. La pesada, con piezas de hasta 150 quintales[1] de peso. La mayoría de ellas era de origen inglés y habían sido enviadas por Juan Martín de Pueyrredón desde Buenos Aires. A casi todas, nuestra maestranza debió repararlas y fabricarles todos los accesorios faltantes; tales como: plomadas, cuñas de puntería, percutores, clavos arponados y martillos de oreja. A la par de los atalajes para transportarlas. Dicho sea de paso, algunos de ellos bastante complicados e ingeniosos. Ya que debían ser usados como aparejos que permitieran sortear los lugares de paso difícil. El desafío mayor estuvo en la necesidad de fabricar las piezas para artillería de montaña. Aunque en las fraguas del fraile renegado, donde ya se forjaban herraduras, frenos, espuelas y armas blancas, fueron necesarias muchas mejoras para hacerlo. Todos los herreros y forjadores comentaron como invalorable los aportes del capitán chileno Patricio Ceballos. Si bien eran armas más livianas y de menor alcance que las anteriores; por otro lado, eran indispensables para apoyar la maniobra de las columnas que se moverían en forma independiente. Se optó por forjarlas en bronce, ya que no había suficientes existencias de hierro. Se las construyó en un calibre del 4, vale decir que cuatro proyectiles llenaban el ánima del arma. Los tubos pesaban unas 6 arrobas[2], o sea unas140 libras[3]. Además, se la proveyó a cada una de ellas con una dotación de 200 tiros. Su alcance efectivo no superaba en mucho al de los fusiles, por lo que no era raro que los artilleros formaran una sola línea con la infantería. Para su transporte a lomo de mula se confeccionaron los atalajes y los accesorios necesarios. Hacían falta ocho de estos animales para el transporte de una pieza completa con su dotación de munición.


Finalmente, Cuyo proveyó lo más importante para cualquier campaña militar: los hombres de pelea. Como es habitual en todas las latitudes y culturas cuando una sociedad debe ir a la guerra. Misteriosamente aquellos que la impulsaron desde los estrados, excepción de hecha de algunos pocos, se mantienen al margen de los aprestos bélicos concretos. Y viene a ser la callada masa de los más humildes, la que entre sorprendida y resignada debe marchar a los lugares de reclutamiento. En nuestro caso particular, este ejército que vi nacer, no fue precisamente la excepción; y se compuso con el pueblo bajo. Para hacer breve, una larga enumeración. Estaban los gauchos entrerrianos, y los orilleros bonaerenses que componían los escuadrones de los granaderos a caballo; a los que se sumaron luego jinetes mendocinos y puntanos. Con jornaleros, arrieros y esclavos libertos cuyanos se conformó el núcleo de la infantería patriota. También, al margen de esta sufrida masa, como en todo conflicto, se nos unió una extraña colección de personajes coloridos. Aventureros, marinos, cartógrafos y soldados de fortuna en busca de la aventura barata que suelen ser los ejércitos en campaña.


Un aspecto fundamental. Un multiplicador por excelencia. Era el espíritu de pelea con el que estos hombres encararían esta empresa. Una que sería dura y larga. Teniendo, especialmente en cuenta que la gran mayoría eran bisoños, y muchos otros tantos, habían sido reclutados a la fuerza. En pocas palabras: si no se los encuadraba convenientemente no pelearían con el nivel de excelencia que era necesario. Especialmente, cuando las papas quemaran. Nuestros hombres, eran naturalmente valientes. Allí no estaba el problema principal. Sino en su excesivo individualismo. Bueno como era para algunas cosas. No lo era para una fuerza armada organizada. Por allí pasaba la verdadera línea divisoria entre una tropa bien instruida con una mesnada de voluntariosos guerreros. Una vara que los otros ejércitos patriotas no habían rebasado hasta el momento. Lograrlo era un objetivo prioritario de San Martín. Para ello impulsaba siempre conductas, tales como el espíritu de cuerpo, la disciplina y el desarrollo del arrojo. El primero lo obtenía inculcando a los reclutas que el conjunto era siempre superior al individuo. A veces los procedimientos para lograrlo eran crueles. Por ejemplo, ante una pequeña falta, no se castigaba al infractor, sino a todo su pelotón. La disciplina la infundía con un estricto apego a las normas de aseo y puntualidad. Uno podía verse privado de muchas cosas por la simple falta de un botón. Con el arrojo, dada nuestra naturaleza, no hubo mayores problemas. Todo lo contrario. Eso era lo que sobraba.


Esta masa combatiente compuesta por soldados rasos, cabos y sargentos. Debía ser encuadrada. Para cumplir con este rol estaba el cuerpo de oficiales. San Martín, que era un espíritu sistemático. Y en esto, tampoco, improvisó. Al efecto, publicó para ellos un código de conducta.


El cuerpo de oficiales tiene un derecho de reprender (por la voz de su jefe) a todo oficial que no se presente con aquel aseo propio del honor del cuerpo, y en caso de reincidencia sobre este defecto, quedan comprendidos en los artículos de separación de él .

También especificaba cuales eran las conductas inaceptables en un oficial:


1. Por cobardía en acción de guerra, en la que aún agachar la cabeza será reputado tal.


2. Por no admitir un desafío, sea justo o injusto.


3. Por no exigir satisfacción cuando se halle insultado.


4. Por no defender a todo trance el honor del cuerpo cuando lo ultrajen a su presencia o sepa ha sido ultrajado en otra parte.


5. Por trampas infames como de artesanos.


6. Por falta de integridad en el manejo de intereses, no pagar a la tropa el dinero que se haya suministrado para ella.


7. Por hablar mal de otro compañero con personas o oficiales de otros cuerpos.


8. Por publicar las disposiciones internas de los oficiales en sus juntas secretas.


9. Por familiarizarse en grado vergonzoso con los sargentos, cabos y soldados.


10. Por poner la mano a cualquier mujer aunque haya sido insultado por ella.


11. Por no socorrer en acción de guerra algún compañero suyo que se halle en peligro, pudiendo verificarle.


12. Por presentarse en público con mujeres conocidas como prostituidas.


13. Por concurrir a casas de juego que no sean pertenecientes a la clase de oficiales, es decir, jugar con personas bajas e indecentes.


14. Por hacer un uso inmoderado de la bebida en términos de hacerse notable con perjuicio del honor del Cuerpo.


De la lectura de estos códigos se deducía un tipo humano. Un arquetipo. Que vuestras mercedes hubieran juzgado, hoy, como un tanto insolente y soberbio. En pocas palabras: un agrandado. Pero sepan ustedes, que si entendemos que el métier de estos hombres era el lanzarse en una carga o asaltar una posición enemiga a la bayoneta. Créanme que no hubieran querido encontrarse en estos trances mandados por alguien que tuviera los humores y las maneras de una carmelita descalza. Con todo el cariño que les tengo a ellas.


A la tropa, compuesta por los sargentos, cabos y soldados. Se exigía una lealtad y una disciplina absoluta. Pocos delitos y hasta las faltas escapaban a la pena de muerte. Algunas que recuerdo:


1. Todo el que blasfemare del Santo nombre de Dios, ó de su adorable Madre, é insultare la religión, sufrirá cuatro horas de mordaza atado á un palo en público por el término de ocho días.


2. El que sea infiel á la Patria comunicándose con los enemigos, haciéndoles alguna señal, revelando el santo, ó de cualquier otro modo que cometiese traición, será ahorcado á las dos horas


3. El que sin orden saliese de las filas, escalare murallas, ó fuertes, ó entrase á la fuerza en casa de particulares, será pasado por las armas.


4. La misma pena tendrá el que fugare, el que diese vuelta la espalda, ó que diese la voz de retirada, ó cualquiera cosa que indique cobardía en estos casos, será pasado por las armas allí mismo.


5. Los que levantasen el grito en cualquier asunto, aunque sea por el sueldo, vestuario ó socorro, serán diezmados para fusilarse, y el que se verificare ser el primero se le aplicará esta pena sin entrar en suerte.


6. El sargento, cabo ó soldado que no obedezca á los oficiales en asuntos del servicio, serán pasados por las armas; el sargento segundo que no obede­ciese al primero, estando de facción, tiene pena de la vida, y si no lo está, perderá la gineta; el soldado que no obedeciese á los sargentos y cabos de su compañía en cosas del servicio, será castigado con pena de la vida. Los tambores, pifanos y clarines, están subordinados al tambor mayor, bajo las mismas penas que el soldado á sus sargentos.


7. Serán severamente castigados los que muestren desagrado á la fatiga; el cabo que tolere este delito, bajará á servir diez años de último soldado: el sargento que no lo evite, será castigado como si él fuese el reo.


8. El soldado que entrase á murmurar, ó decir cualquier especie contra la subordinación y disciplina, sufrirá una carrera de baqueta,[4] y la pena de muerte si es al frente del enemigo.


9. La centinela que duerme, deja el arma, se distrae, que permite que le mude otro que no sea su cabo, que no avisa la novedad que advierte, que roba estando en aquel servicio, será fusilado.


10. El que intentare desertar de las banderas de la Patria, aunque no lo ejecute, será recargado con cuatro años de servicio. El que efectivamente desertare en tiempo de guerra en campaña, ó al frente del enemigo, ó para irse á otro cuerpo, con escalamiento ó violencia, será pasado por las armas.


11. Los excesos de licencia temporal serán castigados según las circunstancias y tiempo excedido.


12. La falta de puntualidad en acudir á su puesto, tiene pena de la vida al frente del enemigo; en campaña la misma, ó baqueta según las circunstancias.


13. La misma pena tendrá el que forzare mujer ó la robare.


14. El que ande sin uniforme, pierde el fuero.


15. Los jugadores de juegos prohibidos, ó de suerte, sufrirán, por primera vez, un mes de prisión, dos por segunda, y presidio por tercera.


16. Morirá el que enajenare, vendiere ó empeñare armamento, municiones ó caballo; el que tal ejecute con sus prendas de vestuario ó montura, sufrirá por primera vez un mes de prisión, por segunda cien palos, y por tercera pena de vida.


17. El que se embriague tendrá un mes de prisión, por primera vez; por segun­da cien palos, y por tercera presidio, y advirtiéndose que la embriaguez a ninguno servirá de disculpa para que se le minore la pena.

En aras de recordar viejas ordenanzas y viejas promesas, Recuerdo, como si fuera hoy recuerdo el día en que formados en la plaza de armas del Plumerillo escuchamos a Toribio de Luzuriaga que leía con su simpática tonada peruana:


“Primero: que todo individuo que se presente voluntario a servir en los cuerpos de esta guarnición. Se recibirá en ellos por solo el tiempo que exista el enemigo en posesión del Reino de Chile...”


“Segundo: Si el número de los presentados en esta Capital y Ciudades subalternas, en el término de quince días no llenase el vacío que hay hasta el completo del Batallón de Infantería Nro. 11 y aumento de los escuadrones de Granaderos a Caballo que vienen a la Capital en auxilio de esta Provincia, se procederá a verificar un sorteo en que entrara todo individuo soltero desde la edad de diez y seis hasta cincuenta años...”


“Tercero: Solo se exceptuarán de dicho sorteo a los hijos únicos de viuda y padres sexagenarios, los que tengan hermanas huérfanas y de buena vida que las mantengan; los que hayan sido Alcaldes, Regidores o Jueces de Partido; los que padezcan alguna enfermedad habitual...”


“Mendoza, 14 de agosto de 1815. Firmado José de San Martín.”


“Tres años, tres años” me repetía interiormente como una letanía. Pero que eran tres años para un muchacho como yo. Uno al que le tocaba vivir la etapa de su vida en la que abandona su infancia para convertirse en hombre. Por aquel entonces, no tenía noción alguna del paso del tiempo. Ese mismo tiempo. Que con el paso de los años se convierte en ese insobornable juez. En ese asesino de nuestros sueños. ¡Cuántas cosas habrían de pasar en esta etapa! Particularmente para mí. Fueron ocho años para ser exactos. Desde el día en que vi, por primera vez, a este coronel llegado de España lleno de entusiasmo. Hasta que quebrado, desilusionado se despidiera de mí en aquel muelle solitario del puerto de Ancón. Atrás quedaban las agotadoras marchas, las noches pasadas en vela, los breves combates. También, las traiciones, las agachadas; pero también los actos de camaradería y de increíble heroísmo. Todo esto mezclado con la memoria imborrable, agridulce de María. La niña–mujer que todavía me mira con esa sonrisa a la que genéticamente sólo están habilitadas ellas. Probablemente, motivada por las estupideces que hice por despertar su interés.



[1] Quintal: Medida de peso española, equivalía a 4 arrobas, lo que significaba unos 46 kg.


[2] Arroba: Antigua medida de peso castellana equivalente a 25 libras, unos 25 Kg modernos.


[3] Libra castellana: Antigua medida de peso de origen romano usado en España y sus colonias equivalente a unos 460 gr modernos.


[4] La pena de “correr la baqueta” consistía en correr con la espalda desnuda entre dos filas conformada por la tropa. Para ser golpeado, si era de infantería con las corres portafusiles; y si era de caballería con las correas de grupa.

CAPITULO VII

ESOS MONTES





“El tránsito sólo de la Sierra ha sido un triunfo. Dígnese Vuestra Excelencia figurarse la mole de un ejército moviéndose con embarazoso bagaje de subsistencia para casi un mes; armamento, municiones y demás adherentes; por un camino de cien leguas, cruzado por eminencias escarpadas, desfiladeros, travesías, profundas angosturas, cortado por cuatro cordilleras, en fin donde lo fragoso del piso se disputa con la rigidez del temperamento. Tal es el camino de Los Patos que hemos traído.” Le dictaba San Martín a su ayudante. Yo parado, al pie de su carpa esperaba la terminación de la carta que debía salir mañana para Buenos Aires. Mi tarea era llevarla hasta Los Manantiales, a casi tres jornadas de marcha, donde la esperaba un chasqui de guerra para entregarla en mano al General Pueyrredón, nuestro Director Supremo y amigo de mi jefe. Era el 8 de febrero de 1817. Hacia una hora que habíamos llegado al pueblo de San Felipe, Capitanía General de Chile. Y por primera vez en once días. El sol se ocultaba para el grueso del Ejército de los Andes sobre la línea del horizonte que formaban los valles que teníamos adelante. Y no sobre un cordón montañoso.

Pero una cosa es referirlo en un escueto parte militar y otra muy distinta haberlo hecho con las patitas que Dios a cada uno nos dio. Efectivamente, en once días habíamos cruzado “cuatro cordilleras”. La árida Precordillera del piedemonte mendocino; la Cordillera del Tigre -que fue la que más nos costó-; la Cordillera Oriental –que siendo la más alta nos trató mejor-; y, finalmente, la del Límite –que siendo la última la pasamos como si nada-. Disculparán, entonces vuestras mercedes que pase a relatarles las peripecias que tuvimos que sobrellevar. Porque así como las guerras tienen unos pocos momentos fulgurantes, donde uno se olvida de todo. También hay muchos donde no se hace nada. Y otros tantos donde el cansancio lo hace a uno arrepentirse de todo. Esas jornadas fueron de este último tipo. Pero como dijera mi General San Martín ese sudor que derramamos a raudales sobre aquellas pedrerías nos ahorró mucha sangre de los nuestros. Bastaba ver la cara de sorpresa de los godos cuando nos veían llegar para justificar tamaño esfuerzo.

***
Antes de nuestra partida hubo multitud de ceremonias, misas despedidas públicas y privadas. No es cosa habitual que una región, en este caso Cuyo, prepare y despache un ejército para la guerra. Son cosas para recordar con orgullo por muchísimos años. Especialmente, cuando uno mensura los escasos recursos que había disponibles. Sólo desde esta perspectiva, la obra cobra la dimensión titánica que realmente tuvo. Callado y sufrido como era nuestro pueblo por aquellos días. No escatimó esfuerzos para darnos todo lo que podía. Aunque hay que reconocer que a nuestro querido jefe no le tembló la mano para exigir este apoyo cuando algunos chaquetearon. Pero, otra cosa muy diferente fueron los festejos de despedida. Esos, sí, que nacieron del corazón.

No pienso relatarles ninguno de los Te Deum a los que tuve que acompañar a mis jefes, en los que me aburría; ni ninguna de las ceremonias oficiales, donde me cansaba de tanto estar parado. Las fiestas de despedida eran otra cosa. Hubo varias. Pero la que dieron los Ferrari para homenajearlo al General San Martín, a su estado mayor y a sus jefes marcó el punto más alto en distinción. Desde mi particular punto vista. Ya que no estaba entre los invitados. En este tipo de reuniones, en realidad, se superponen dos muy distintas. Una, la oficial a la que concurren los que sí habían sido invitados; y otra mucho más informal, que se desarrolla en su periferia, a la que asistían la multitud de asistentes, ayudantes, conductores, palafreneros y postillones que acompañan y deben esperar a sus amos. Obviamente, que vuestras mercedes deducirán a cuál de ellas concurrí. El hecho de integrar la mismísima comitiva de nuestro comandante general fue mi mejor invitación. Aunque, mi tarea era la de cuidar del ganado de silla y de tiro que la trasladaría.

La residencia de Joaquín y Laureana Ferrari era una de las principales de Mendoza. De hecho, había sido recibido allí, por primera vez, el Coronel San Martín con su flamante esposa, María de los Remedios de Escalada. También, en ella se había lanzado la invitación de mi coronel para que las damas allí presentes bordaran una bandera para el ejército que él estaba forjando. Por fin llegó el esperado día de la fiesta de despedida. Allí me dirigí como parte de la comitiva que estaba al cuidado de carruajes y cabalgaduras. Cumplida con esta tarea inicial, solo me restaba el esperar su finalización. Para concluirla con el traslado de regreso de la comitiva. Mientras tanto, decidí matar el tiempo, junto a otros que desempañaban tareas similares. Nos ubicamos todos, formando una ronda en entrada auxiliar de la magnífica residencia. En eso estaba. Departiendo en los corrales con los auxiliares de Las Heras, Necochea, Manuel Escalada, Soler, Olazábal, Zapiola y otros jefes. Cuando fue que la distinguí a la esclava de los Poinsett. Le presté cierta atención, ya en otras oportunidades la negra me había servido de correo con María. Efectivamente, con un golpe de cabeza me hizo saber que me acercara. Me retiré del grupo con una excusa y me dirigí a donde estaba la morena. Escuetamente, en la jerigonza que hablaba, me hizo saber que María me esperaba en un sector alejado del jardín. Salí con las precauciones del caso. Allí estaba ella, sentada en una glorieta que coronaba la parte posterior de la inmensa propiedad de los Ferrari. Cuando llegué ella se puso de pie. Fue entonces, que pude contemplarla en todo su esplendor, enfundada en su bello vestido de fiesta. Debe haber advertido mi excesivo arrobamiento, porque con su habitual dureza me espetó:

_ Gracias, ya puedes cerrar tu boca.

Pasado ese momento, traté de recomponerme con un:

_Es que estás tan linda... _ Pero fui convenientemente interrumpido por un:

_ He estado pensando en nosotros...

¿Nosotros? Me pregunté internamente. Sin percatarme, aun por mi corta experiencia, que las mujeres tienen todas estas cosas planeadas.

_Si –prosiguió -creo que ha llegado el momento que formalicemos algunas cosas, pues me dicen que tu sales para la guerra.

_ Así es. _ Respondí orgulloso.

_ También, me dicen que estarás como ayudante de don José.

_Así es. _ Repetí, hinchando un poco más el pecho.

_ Bueno quiero que tengas un recuerdo mío. _ Me dijo acercándome un pequeño pañuelo blanco. Más allá del valor simbólico de la prenda. Cuando la acerqué a mi cara, para examinarla más de cerca. Percibí su perfume. Una mezcla de lavanda y jazmín. Ella se me acercó. Y la fragancia artificial de la prenda se vio reforzada por otra, similar, pero mucho más natural. Una que emanaba de su calor y de su olor natural. Nuevamente, esa proximidad me dejó sin habla y como siempre fue ella la que retomó la iniciativa con un:

_ Bueno, espero que al poner este pañuelo cerca de tu corazón. Me recuerdes, y que me escribas, si puedes todos los días.

_ Por supuesto. _ Fue lo primero que atiné a pronunciar. Pero que no hubiera dado por volver a sentir ese perfume. Seguramente, si algún dejo de prudencia o al menos de intuición me hubiera alertado de todos los problemas que esa promesa me acarrearía, otra hubiera sido la historia. Hoy sólo puedo decir en mi defensa, que los hombres no hemos sido creados por la naturaleza para tales sutilezas. Por el contrario son nuestras compañeras a las que el sabio Creador las ha dotado de tales artes; probablemente para compensar con creces aquello del “sexo débil”.

***
Como ya les he contado, el encauzamiento que producía la cordillera impedía que los destacamentos se apoyaran mutuamente en caso de necesidad; o que simplemente pudieran comunicarse. Ya que, eran pocas las oportunidades para hacerlo. En ese sentido, las interconexiones entre los distintos sistemas de pasos eran fundamentales. Precisamente, una vez llegada nuestra columna a las márgenes del arroyo Santa María, a la vera del cerro Aconcagua, se podía acceder a la quebrada del rió Mendoza que era por donde marchaba la columna del General Las Heras. No habíamos terminado de llegar cuando recibí la orden de tomar contacto con esa columna. Salí, casi inmediatamente con una mula fresca y una ración de charque. Ya de noche me detuvo el centinela del batallón 11.

Después de unos minutos de conversación me enteré que a ellos no les había sido tan fácil como a nosotros. Ya en el puesto comando de Las Heras nos confirmaron todo. Como para empezar, una de sus guardias, en Picheuta: Había sido sorprendida por los godos y habían tenido muertos, heridos y desaparecidos. Pero, agregaban con orgullo, que al día siguiente, el Mayor Enrique Martínez con un escuadrón de granaderos, luego de combatir en Los Potrerillos, por más de dos horas, echó a los godos al otro lado de la cordillera. Cuando volví con esas nuevas, San Martín no se sorprendió al escucharlas. Según su parecer los realistas estaban haciendo justamente lo que él esperaba que hicieran: ir a su encuentro por el camino principal. Pero, igualmente, alguna previsión había que tomar. Por eso se le ordenó al Sargento Mayor de Barreteros Antonio Arcos adelantarse a la columna y fortificar la garganta de Achupallas, que era nuestro punto terminal, por si las moscas.

A fines de enero, llegué a Los Manantiales. Allí, esperaban reunidos: la vanguardia, y la masa del grueso que nos había precedido. Ver momentáneamente reunida a la nuestra, que era la columna principal, fue un espectáculo en sí mismo. Mi jefe directo, el Sargento Mayor Álvarez Condarco, me había enviado con un importante parte para los generales Soler y O´Higgins que allí lo estaban esperando. De hecho, eran instrucciones detalladas. Elaboradas por el mismísimo Coronel Mayor José de San Martin para coordinar los últimos movimientos tendientes a reunir al ejército al otro lado. Vale decir, en Chile. Más precisamente, en San Felipe de Putaendo. Para ello, luego de cruzar el valle de Los Patos debían continuar su marcha hacia el paso de Las Llaretas. Nuestro comandante se reunió con nosotros el día 31. El espectáculo que vio. No lo tranquilizó. Dada la estrechez de la sendas. Los diversos cuerpos de marcha. Se amontonaban y perdían mucho tiempo esperando su turno para usar el paso. Ordenó que a los hombres se les entregara una ración de dulce de membrillo para que aguantaran mejor la espera. Por otra parte, la situación –por momentos- parecía más bucólica que bélica. Ya que, por ejemplo, en los lugares de descanso había soldados semidesnudos tratando de secar sus ropas mojadas luego de franquear el río Los Patos, en innumerables fogones que desprendían altas columnas de humo.
También, se podían ver a miles de mulas y caballos pastando plácidamente en las verdes ciénagas y vegas de la zona. Nada en esa atmósfera hacía presagiar lo que aquellos hombres y bestias tendrían que afrontar en pocas jornadas más. Probablemente, fue por eso que mi jefe no hizo cuestión alguna con tanto relajo. Sabía, que la seguridad estaba bien instalada. Es más, ordenó que esa noche se distribuyera una ración de vino.

En el amor como en la guerra los primeros movimientos son decisivos. Ganar los primeros enfrentamientos no es poca cosa ni se limita a eso. Hay un aspecto moral detrás de ello. En empresas como la guerra la confianza que uno tenga en sí mismo y en su propia organización valen su peso en oro. Sin exagerar, porque aquí –como en todo- hay excesos nocivos- San Martín sabía que debía ganar las primeras escaramuzas, si quería tener las mejores probabilidades de éxito para cuando llegara el gran choque. La masa de su ejército era bisoño o había sido ya derrotado a manos de las más experimentadas tropas realistas. Debía cambiar esa impresión y cuanto antes lo hiciera mejor.

Por eso preparó el próximo combate lo mejor que pudo. En principio, colocó al mando a alguien de su círculo íntimo. El Mayor Antonio Arcos, como él había sido forjado en los duros combates librado por los peninsulares contra las huestes napoleónicas. También, como él era un “hermano”, es decir era un integrante de la Lautaro. Por eso cuando lo llamó a su tienda de campaña y comenzó por tutearlo nadie se extrañó. Le dijo: “Antonio, tu comprendes la importancia de los combates de vanguardia como nadie aquí, por eso tu estarás a cargo de ocupar y fortificar Achupallas. Te doy lo mejor que tengo: una sección de mis granaderos a cargo de un teniente que promete, Juan Lavalle. También, será necesario que te lleves unos barreteros. Y que ni bien tengas noticias de los godos –que no sería extraño que te estén esperando- me avises. Para ello te doy a mi mejor correo, el baqueano Juan Cruz.” Dicho esto concluyeron la entrevista. Yo que estaba cebando mate en la trastienda, quedé atragantado. Por fin estaría en combate me dije con asombro. Pero, un nudo en mis tripas, no fue precisamente la sensación que esperara o deseara.

***

Me esperaban más sorpresas. Cuando llegué a mi sector de vivaque en el cuartel general. La sonrisa socarrona de mi jefe Álvarez Condarco y el papel extendido que tendió hacia mí me hizo saber que acababa de recibir mi primera carta de María.

Mi querido y pequeño lord,

Cuanto lamento que no poder compartir contigo esa gran aventura en la que estás embarcado. Cuanto sufro sola, en esta ciudad completamente sola. Esta ansiedad me mata y muero por no haber podido compartir contigo suficiente tiempo antes de tu partida. Ahora si conozco la soledad del corazón. Me engañé cada vez que me dije que no eras tan importante para mí. Lo que comenzó como agua fría de lluvia se ha convertido en el incendio que ahora me abraza. Aunque debo solo a mis impertinencias el conocimiento que ahora añoró. No consideres mi pasión como una conquista sino, más bien como una entrega.

¿Pero serás tan indelicado de no corresponder estos sentimientos, como para no haberme escrito de una sola línea? ¿Y cómo es posible que sea yo quien sea la primera en hacerlo? ¿Es que a ustedes, soldados, no les enseñan los deberes para con una dama? Lloro de solo pensarlo.

A partir de ahora mi corazón estará dedicado solo a ti.

María.


***

Salimos antes del alba hacia el paso de Valle Hermoso. Nos esperaban unas largas jornadas. Luego de más horas de las quiero recordar sobre los aperos, cruzamos de un saque el famoso portezuelo del Espinacito. Llegamos finalmente, a orillas del río los Patillos, donde se encontraban nuestras avanzadas de seguridad. Nos presentamos al oficial de servicio cuando ya era noche cerrada. Luego de compartir impresiones y unos mates nos fuimos a dormir. Mañana sería un día difícil para todos. Otra vez salimos antes del alba para ganar el mayor tiempo posible. También, de un saque cruzamos a Chile por Valle Hermoso, que era el paso más empinado, pero por eso –precisamente- el más directo. Ya del otro lado, las órdenes eran proceder con la máxima cautela; ya que estábamos en territorio enemigo.

Arcos me mandó llamar, algo me olí cuando el estafeta me dijo que me presentara vestido de civil acompañado por “el indio”, como casi todos llamaba a Coliguante. Así lo hice. No fue difícil la transición de soldado a paisano. Ya que la única prenda militar que portaba era una vieja chaqueta de los Cívicos de Mendoza. Por lo que simplemente me puse sobre las bombachas mi querido poncho marrón. Morrión no había conseguido, así que mantuve mi chupalla de paja como cubrecabezas. Por su parte, Coliguante decidió mantener su atuendo, que era mitad cristiano mitad huarpe.

_ Mozos, tengo las mejores referencias sobre ustedes. _ Comenzó a decir Arcos. Prosiguió seguro:

_ Pero respecto a lo que tengo que ordenarle pueden ustedes negarse, pues es...

_ No es problema mi Mayor. Ordéneme lo que sea nomás. _ Me escuché decir.

_ Bueno, si de veras están dispuestos... Así vestidos como civiles quiero que me hagan un reconocimiento de las Achupallas. No es cuestión de mostrarse mucho ni que me lo tomen prisioneros. Simplemente quiero saber si están los godos, cuántos son, dónde están ubicados, cómo están armados y qué están haciendo. ¿Me entienden?

_ Seguro. _ Dije con una voz que pretendí fuera lo más aplomada posible. Coliguante fiel a la tradicional parquedad de los de su raza no dijo ni mu.

Ya no escuché más, ni la catarata de recomendaciones que me hacían los veteranos, ni los saludos de los amigos. Solitos con nuestras almas y nuestras cabalgaduras salimos para las Achupallas, en lo que sería nuestra primera acción de guerra. Partimos al paso, yo con mi mula tordilla “La Paloma” y Coliguante con su petiso. La senda serpenteaba tranquila hacia el suroeste. Por primera vez en días bajábamos una cuesta en vez de subirla. Pronto la extrema rudeza de los Andes fue quedando atrás. Abajo se divisaba un valle. Después supimos que lo llamaban Valle del Chalaco. Como lo expresara magníficamente. El Teniente Stephen Naylor. En su conciso pragmatismo anglosajón: podíamos decir, ahora. Que San Martín salió último de Mendoza y arribó entre los primeros a San Felipe, lo que demuestra que todo fue planificado a la perfección.

Obviamente, que nos tienen que haber visto llegar. Probablemente, el sol que nos daba en la cara no nos dejó verlos primero. Lo concreto es que la voz de “Alto quien vive” vino de arriba y de nuestra derecha. Cuando alcé la vista, solo pude ver el morrión blanco característico de los talaberas y la negra boca del mosquete que nos apuntaba. La entonación de la voz denotaba cierto nerviosismo; por lo que deduje que el horno no estaba para bollos. Pensé que seguir como agentes encubiertos ya no tenía sentido, menos caer prisionero. No hubiera podido soportar las bromas de mis compañeros cuando fuera rescatado. Así que giré, di grupas y salí al mejor trote que mi mula podía darme. El disparo no se hizo esperar. Pero como presupuse pasó alto y largo sobre mi cabeza. Lo que sí me inquietó fue el inconfundible sonido de cascos de caballos tomando el galope en nuestra persecución. Sabía que era cuestión de tiempo, pero tampoco quería facilitarle las cosas. Así que seguimos subiendo hasta donde más pudimos. Nos acorralaron contra un faldeo, mi mula pudo subir unos pasos más, lo que me dio una ventaja momentánea. Los jinetes echaron pie a tierra. Unos hicieron rodilla a tierra llevándose el fusil a la cara haciendo puntería, otros se lo terciaban para trepar mejor. Los talaberas ascendían jadeando y con dificultad. Al primero que se me acercó lo derribé de un talerazo en la frente. El segundo, me tiró una estocada con su fusil. Que llevaba engarzada una descomunal bayoneta. A la que, por suerte, puede esquivar. El tercero, me puso un excelente culatazo en el mentón. El golpe me hizo ver unos puntitos brillantes. Inmediatamente, escuché el sonido característico y único que hace un sable al salir de su vaina. Zas, dije, me ensartan como una aceituna. Alcancé a forcejear con uno que de atrás me quiso sujetar. Supongo que para que el otro me apuñalara mejor. Recuerdo que traté de pensar en cómo zafar, pero me invadía una ola de pavor que me tenía paralizado. El godo que me ahorcaba, olía a sudor y a humo. El momento se hizo eterno. No me acuerdo de nada más. No sé cuánto tiempo estuve inconsciente. Mi primer recuerdo después del golpe, al margen del dolor de mandíbula, fue casi como un sueño. Me parecía escuchar el toque de: “!A la carga jinetes!”. Ya despierto, percibí claramente que la quebrada se llenaba del estruendo de cascos, pistoletazos y gritos. Era la carga del Teniente Lavalle contra las posiciones realistas. Detrás de ella partía el sonido más apagado, casi inofensivo, como de ramitas secas rompiéndose. Eran los disparos de los mosquetes de los barreteros y de los infantes que Arcos habían instalado en la altura en apoyo a la carga de la caballería. Lavalle y sus jinetes pasaron a nuestro lado como una tromba. La desbandada realista fue total. Creo que sólo pararon de correr cuando llegaron a San Felipe.

Después de las gastadas y bromas de rigor a cargo de los granaderos, debimos salir de vuelta hacia el cuartel general con el parte de la victoria. De ese lio que pasó a llamarse el combate de Achupallas. ¡Vaya suerte la de los estafetas! Los granaderos allí se quedarían a las espera de refuerzos para proseguir hasta San Felipe. Nos tomó casi dos días llegar. Sólo para volver a salir. Ya que la vanguardia y el grueso se ponían nuevamente en movimiento. Esta vez, en vistas a la emboscada de Achupallas, el jefe de la vanguardia, el general Soler, ordenó el adelantamiento de todo un escuadrón de granaderos a caballo hasta la localidad de San Felipe. Por suerte, esta vez no nos tocó acompañarlos como estafetas. Ya de vuelta en el cuartel general nos enteramos de otra victoria. Otra vez los granaderos. Esta vez en las Coimas, una localidad más abajo de las Achupallas y más cercana a San Felipe. Un escuadrón, a órdenes de Mariano Necochea, se había llevado por delante a 700 godos, después de simular que se retiraba para atraerlos y contraatacarlos.

Nos preparábamos para movernos. El grueso y el cuartel general debían cruzar por Valle Hermoso, el paso final que nos separaba de Chile. En consecuencia, sería uno de los últimos momentos de cierta tranquilidad antes de la batalla decisiva que se avecinaba. Era mi oportunidad para cumplir la promesa que le hiciera a María y que ella tan acuciantemente me recordara en su primera carta. Conseguir un pedazo de papel, una pluma y un tintero me resultó relativamente fácil dado mi rol de auxiliar del cuartel general. También, lo fueron las instrucciones sobre los aspectos formales sobre cómo escribir una carta a una damita que me diera mi amigo y superior, Álvarez Condarco. Ahora ponerse a escribir era otra cosa. ¿Cómo poner en garabatos de tinta todas las emociones que desea transmitir? Después de mucho cavilar. Salió esto:

Estimada María,

No tengo palabras. Estos días han sido tan agitados. Tantas cosas han pasado. Por ejemplo, mañana salimos para San Felipe en Chile. Los godos no han estado esperando. Por suerte, hemos podido derrotarlos en cada una de las veces que quisieron detenernos.

Hasta yo mismo he sido herido. Por suerte nada serio. Un talabera me golpeó en la cabeza cuando hacia un reconocimiento. Por suerte, pronto llegaron los granaderos para rescatarme. Cayeron como una tromba, los hubieras vistos. ¡Cómo corrían esos realistas!

Por aquí todos muy contentos y esperando la pelea decisiva con los godos. Nuestro jefe, Álvarez Condarco dice que nuestro comandante general, José de San Martín, tiene todo muy bien atado y que antes de que termine este verano estaremos de vuelta en Mendoza. Ojala así sea y podamos recontarnos y reparar los males de esta ausencia

Los Manantiales, 5 de febrero de1817.

Juan Cruz.


Firmé y cerré el sobre. Corriendo salí para poder entregarlo en tiempo. Afuera ya clareaba al naciente. El estafeta se aprestaba a salir para Mendoza; nosotros para Chile y la gloria.